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Ser periodista y cubrir al narco: qué significa escribir en medio de balas y amenazas
Por:  / 11 julio, 2017
SABADO4
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Mariana Limón/ Vice

Platicamos con cinco periodistas y nos contaron todo lo que implica ser testigo del miedo, la soledad y la esperanza que se vive en las zonas más violentas de México.

Durante el proceso de edición y publicación de esta nota, el cuerpo de Salvador Adame fue encontrado en Michoacán el pasado junio. La cifra de periodistas asesinados en lo que va del sexenio de Enrique Peña Nieto se elevó a 34, de acuerdo con información de Artículo 19.

“El miedo te paraliza y a partir de ahí te sigue paralizando todo el tiempo porque volteas a todos lados y en todos lados piensas: ‘hay un cabrón que me está viendo, que me está checando, que me está buscando'”, cuenta Carolina Hernández, actual editora en jefe de Código Magenta, quien fue amenazada por el narcotráfico en Nuevo Laredo hace ya más de 10 años.

Como ella, muchos otros periodistas en el país se atreven a escribir sobre los malandros, los malitos, la mafia, los que andan en malos pasos. Algunos se quedan en el camino. En lo que va del sexenio de Enrique Peña Nieto, 34 periodistas han sido asesinados, según información de Artículo 19. Detrás de la cifra hay historias y cada una de ellas evidencia lo que ya dijo el New York Times en abril: “en México es muy fácil matar periodistas”.




Platicamos con cinco periodistas de diferentes perfiles que han cubierto al narco en México: Diego Osorno, autor y periodista independiente; Erick Muñiz, corresponsal de La Jornada; Melva Frutos, periodista de investigación independiente; Carolina Hernández, editora en jefe de Código Magenta; y Paulina Villegas, corresponsal del New York Times en México.

“El narco manda”

En zonas de extrema violencia —como Nuevo Laredo, Culiacán, Reynosa, Veracruz o Guerrero— los periodistas saben que, cubran nota roja o no, deben lidiar con el narco. En México cubrir al crimen organizado es tanto una decisión como una cuestión de inevitabilidad.

“Llega un momento —así me pasó a mí y estoy seguro de que a muchos otros colegas— en que si te metes a investigar al poder llegas a una raíz y ahí siempre está el narco”, cuenta Diego Enrique Osorno, quien ha escrito sobre mafias políticas. Hoy es autor de libros como La guerra de los Zetas y el Cartel de Sinaloa, entre otros.

Las respuestas de los demás entrevistados tienen una historia parecida: “yo reporteaba deportes e incluso ahí llegaban notas relacionadas al narco”, “los actos violentos del narco eran las notas más importantes del día” o “me tocó estar en ‘la zona'”.




“Lamentablemente, ¿qué hay en México? Inseguridad y corrupción”. Para Melva Frutos, autora de reportajes de investigación, la situación es obvia. “De eso tienes que escribir, el trabajo te va llevando”.

“El narco es un hijo de la política en México”, cuenta Osorno, quien dice que el problema se ha convertido en parte del ADN social del país. “Félix Gallardo, fundador del Cártel de Sinaloa, me dijo que él era como un funcionario del gobierno. Además hay historias de periodistas de los años 50 en diversos lugares del país que se hacían de la vista gorda o estaban involucrados con el narco. El problema es que hoy muchos hemos roto esa dinámica de solapar”.

Amenazas, ataques y colegas muertos

Si bien el perfil laboral, el medio que respalda al periodista o el tipo de trabajo que se realiza tiene mucho que ver con el nivel de riesgo al que se enfrentan, los miembros de la prensa mexicana que se adentran a este tema están conscientes de que existe la posibilidad de terminar como una estadística más.

Nombres como el de Javier Valdez y Miroslava Breach, entre muchos otros, evidencian que el precio que se paga por escribir sobre el narco puede ser la muerte, seguida por un enorme silencio y rematada con discursos que en la mayoría de los casos terminan en carpetas de investigación. Además, existe un alto grado de impunidad porque “el 99.75 por ciento de las agresiones contra la prensa mexicana quedan impunes”, según la organización independiente de Derechos Humanos Artículo 19.

Los datos demuestran que el peligro es real: en el sexenio de Felipe Calderón se contabilizaron 48 asesinatos, según Artículo 19, y 15 desapariciones forzadas de periodistas, de acuerdo con datos de La Jornada. Y en lo que va del sexenio de Peña Nieto, se han asesinado a 34 periodistas en Guerrero, Veracruz, Chihuahua, Baja California, Morelos, Michoacán y Sinaloa.




Además, en las cifras anteriores no se registran las innumerables amenazas e intimidaciones con las que muchos periodistas mexicanos deben lidiar a diario y que son difíciles de olvidar.

En el 2006 Erick Muñoz supo que que su trabajo era peligroso. “En el periódico en el que trabajaba (El Mañana de Nuevo Laredo) llegó un tipo y aventó una granada a la redacción. Después soltó una ráfaga de detonaciones y dejó paralítico a un reportero”, cuenta. “Esa fue la primera vez que dimensionamos que el narco era una fuerza que se podía meter con los periodistas, que les llamaba la atención lo que se escribía y que podían hacer daño. Se nos cayó la venda de los ojos y se derrumbó esa idea de que a nosotros no nos iban a hacer nada por ser prensa”. En otras ocasiones, tanto narcotraficantes como policías, lo han golpeado, se lo han llevado a pasear, le han robado material y equipo, y le han llegado a decir: “te voy a matar”. También ha perdido familia, amigos y colegas a manos del crimen organizado. Todo lo cuenta con franqueza, sin victimizarse y con la fuerte convicción de que callarse sería peor.

“Tuve que salir del país dos veces”, cuenta Diego Osorno, quien no es ajeno a las intimidaciones. “Sí, he recibido amenazas del narco y del gobierno, a veces ya no sabes distinguirlos. Yo no me compró esa película de que es una lucha de buenos y malos. Aun así, no podemos abdicar porque (…) no se puede negar lo que se está viendo por no poder controlar el miedo. Si lo haces es triste, pero muy humano”.

También existen las intimidaciones, que si bien no son tan directas como las amenazas frontales, sí le hacen notar al periodista que ya lo tienen identificado y en la mira. Melva Frutos asegura que llegan a causar una sensación de persecución.

“Cuando me amenazaron eran las 11 de la mañana, iba con un compañero fotógrafo”, Carolina no recuerda la fecha con exactitud, pero dice que debió ser cerca del 2006, mientras estaba vigente el programa México Seguro en Nuevo Laredo. “Se nos cerró una camioneta en la avenida principal, se bajaron dos tipos armados, se acercaron y como además tienen un muy buen sentido del humor, preguntaron ‘¿cuál de ustedes dos es Carolina?’ No recuerdo, seguramente nadie contestó nada. No había nada que contestar. Cuando me vio, me dijo: ‘Está usted muy jovencita, no se meta en broncas. ¿Para qué le busca?’ Y se fue, con aquella tranquilidad”.

Vicios, estrés post traumático, psicosis

Detrás de cada pieza periodística relacionada con el narco hay personas que se enfrentan a la violencia en crudo: escuchan los detalles o son testigos de cómo se cometen delitos que rayan en la tortura, ven de cerca la deshumanización de los criminales, conviven con los pueblos que quedan arrasados, observan el estado de destrucción en el que queda la familia de un asesinado, secuestrado o desaparecido.

“Emocionalmente necesitas muchas ganas, también mucha inteligencia”, para Erick Muñoz estos dos elementos han sido la clave. “En las épocas más complicadas, entre el 2009 y 2012, me llegó a tocar que se reportearan hasta 20 ejecutados en una noche. Entonces empezamos a utilizar alcohol, pastillas, algunas sustancias más fuertes, para evadirte o para intentar dormir y no estar pensando en el miedo de que te puede pasar algo. Muchos tenemos que pedir ayuda a especialistas para que nos ayuden a manejar toda la situación. Necesitas mucha fuerza, para no caer en la desesperación”.

El costo de escribir sobre lo que pocos se atreven siquiera a nombrar es el impacto psicológico.

“Yo lo platico mucho con mis colegas mujeres, es muy difícil y claro que no se compara con la chamba que han hecho gigantes del periodismo relatando el narcotráfico, pero es complicado”, dice Paulina Villegas, corresponsal del New York Times en México, quien hace énfasis en que —debido al medio en el que trabaja— los riesgos a los que se enfrenta son mínimos en comparación con otros colegas. Aun así, sabe que el peligro es real y tiene consecuencias.

“Tienes que lidiar con síntomas de estrés post traumático, es fácil deprimirte y desmotivarte, pensar que no sirve para nada, enojarte y atorarte en este sentimiento de frustración y de impotencia”, alguna o todas las emociones que describe Paulina son compartidas por los entrevistados. “A veces debes pedir ayuda: terapias, apoyo con amigos y colegas. Además es crucial hablar de esto porque hay un prejuicio en el gremio. Sobre todo, si eres mujer se cree que no debes hablar de esto, que debes mostrarte muy fuerte, pero es importante aceptar que eres humano y tienes corazón y debes tenerlo para hacer esta chamba”.

Y, al final, detrás de todo este costo ninguno de los entrevistados vislumbra siquiera la posibilidad de abandonar al periodismo y solo nos dejan con una petición: no abandonarlos.

“Sabemos que quieren ser informados”, dice Melva al lector, “y queremos informar, pero necesitamos a la gente encabronada junto a nosotros para exigirle al presidente de la república y a los gobernadores de los estados que brinden protección a los periodistas y que respondan por los asesinatos. No nos dejen solos”.

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