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“Oaxaca es la trinchera”, la visión desde el extranjero
Por:  / 22 junio, 2016
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PABLO DE LLANO/El País

Una pintada, en inglés, anuncia en la ciudad de Oaxaca: “Turista, Oaxaca está temporalmente cerrada. Abriremos tan pronto como haya justicia”. Es lunes por la mañana y hace 24 horas que murieron asesinadas ocho personas en un desalojo policial de un bloqueo de carretera de maestros, a 90 kilómetros de aquí. Como en México la violencia es hermana de la calma, unos vecinos desayunan quesadillas junto a los restos de una barricada que todavía humea.

Saliendo de Oaxaca hacia Asunción Nochixtlán, el sitio de la batalla, va quedando a los lados un muestrario de vehículos quemados. Un tráiler retorcido y largo recuerda al esqueleto de un tiranosaurio. Los curiosos lo miran como en el Museo de Historia Natural. “Se nos está acabando Oaxaca”, dice una madre dentro de un coche con sus hijos en el asiento trasero.

Una hora después llegamos al lugar. La autopista Oaxaca-Ciudad de México está cortada en protesta por lo del domingo. Hay decenas de camiones de carga detenidos en fila. Un transportista está sentado en la cola de su cisterna de combustible, con capacidad para 66.000 litros cúbicos, echando la tarde con dos maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), los sindicalistas anti reforma educativa que después del caos han retomado sus posiciones. “Esto tiene que solucionarlo el Gobierno”, opina el conductor.

“¡Qué coraje!”, dice uno de los profesores que le hacen de acompañantes-vigilantes. “Nosotros sólo íbamos armados con palos, piedras y bombas molotov, que no causan daño, y el Gobierno se valió de sus armas”. Él no tiene problema en identificarse, algo infrecuente entre los de la CNTE. “Antonio Martínez”.

Un kilómetro de autopista cortada. Nadie puede pasar por la carretera principal entre la capital de México y su ciudad más bella, Oaxaca, con sus muros de piedra ocre, su arquitectura colonial bajita, serena, armónica, con su mezcal, la bebida prehispánica de culto entre los connoisseur del siglo XXI, la de las pintadas en sus muros de piedra ocre que dicen “Viva Marx” y “Muerte a las reformas”. Ningún vehículo puede cruzar las barricadas de la CNTE: una trinchera de cúmulos de tierra con dos maestras de centinelas; una tabla con clavos hacia arriba; un camión cruzado, basura reducida a ceniza, profesores patrullando una carretera de la que el Gobierno ha optado por alejarse para dejar respirar la herida de bala recién abierta en su brutal desalojo. No se ve un solo policía a la redonda.

Bajo un puente de hormigón, un encapuchado de la CNTE que no se identifica relata: “Ellos llegaron a dispararle al pueblo y el mismo pueblo fue el que se empezó a organizar para defenderse, pero sin armas. Si las poblaciones vecinas hubieran querido meter armas, no hubiéramos tenido muertos de este lado. Hubiera habido muchos policías con impactos de bala. Creo que ellos no tienen evidencia de eso. Nosotros sí la tenemos”. La Policía sostiene que abrió fuego porque primero dispararon contra ellos, no los maestros sino “radicales” que no identifica, como si la clave del caso hubiera sido alguna suerte de oscura mano negra guerrillera. La CNTE dice: ustedes mienten.

Tomando una salida de la autopista, a dos kilómetros, está Nochixtlán, un pueblo partidario de la CNTE. Para entrar se pasa el panteón, donde empezaron los tiros, y se ven más y más camiones carbonizados. Uno es un camión de pollos que ardieron vivos.

Nochixtlán es un pueblo después de una guerra. Es gente junta. Es un señor llorando y cánticos religiosos. Nochixtlán es una madre, Patricia Sánchez, velando a su hijo, Jesús Cadena, 19 años, uno de los muertos. “Era catequista en la parroquia. Él no andaba de vago para que me lo mataran así como me lo mataron”, dice en su casa, con una pared de adobe. “Estoy muy indignada con el gobierno”. Le suda la cara, le suda el pelo. Tiene la piel cansada. Tiene el pelo cansado. “Que nos digan por lo menos por qué nos están haciendo esto, por qué nos están tratando como animales, que nos digan por qué estamos peleando, porque a final de cuentas no sabemos ni por qué peleamos”.




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