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¿Homenaje a la guerra?
Por:  / 9 marzo, 2015
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Jesús Silva-Herzog Márquez / Reforma

(09 de marzo, 2015).- México ha vivido una auténtica guerra civil. Seguimos padeciendo sus estragos. Vale leer lo que Héctor Aguilar Camín ha escrito en Nexos (enero de 2015) sobre esa guerra. En el 2007 en México se cometían 8 homicidios por cada 100 mil habitantes. Cinco años después los homicidios se habían triplicado. A comienzos de la administración de Felipe Calderón teníamos índices de violencia que se iban acercando a los de nuestros vecinos del norte. Hoy padecemos las tasas de sangre de un país en guerra. Escribe Aguilar Camín: “La pregunta no contestada sigue ahí: por qué esta espiral de muerte en un cielo razonablemente despejado. El hecho central es, desde luego, la declaración de la guerra al narcotráfico y al crimen organizado hecha precisamente en 2007 por el gobierno de México y el despliegue correspondiente de la fuerza pública”. Uno de los generales de esa guerra, uno de sus principales estrategas ha sido propuesto por el presidente de México para ser ministro de la Suprema Corte de Justicia. La propuesta es, a mi juicio, simplemente insostenible.

Eduardo Medina Mora cuenta con los respaldos políticos para acceder a la Corte. Se ha declarado afín al PAN y es propuesto por un Presidente priista. En un régimen donde las amistades son más importantes que las trayectorias, es muy probable que se convierta en ministro de la Corte. Me parece muy grave. El Senado no puede cerrar los ojos a los efectos de la política que diseñó y ejecutó Medina Mora desde la Procuraduría General de la República. No valen sus intenciones, por supuesto, importan sus métodos y sus consecuencias. ¿En verdad queremos rendirle homenaje a esta guerra? ¿En verdad merece premio quien la acometió como el brazo derecho de Felipe Calderón? El tema me parece de la mayor relevancia en estos tiempos en que el régimen democrático atraviesa una crisis que más que de credibilidad parece ser de legitimidad. Tiempos en que cuestionamos el sentido mismo del voto, la vigencia de los contrapesos y la neutralidad de los árbitros. Cuidar la democracia es, en estos momentos, rescatar lo elemental: que los contrapoderes cumplan su responsabilidad; que los órganos de imparcialidad se nutran de respeto. ¿Vamos a regresar a los tiempos en que a la Corte llegaban los amigos del Presidente para disfrutar de su retiro?

Uno de los capitanes que nos embarcó en ruta a la barbarie ha sido propuesto por Peña Nieto para ocupar la posición cúspide del Estado mexicano. El Senado ha de reflexionar sobre las responsabilidades del pasado inmediato y decidir si pretende darle el máximo trofeo de la República al hombre que encabezó la guerra contra el crimen organizado para multiplicar la muerte, desolar comunidades y atropellar los derechos humanos como en las peores épocas de nuestra historia. El llamado no es meramente a la responsabilidad sino a un sentido elemental de decencia pública. Empleo esta palabra que podría parecer mojigata porque creo que es la apropiada: al Senado corresponde en este momento cuidar la dignidad de las instituciones. Lo digo así como lo creo: sería una insolencia histórica llevar a uno de los generales de nuestra sangrienta guerra al máximo tribunal del país.

En toda política hay halcones -pero tienen su sitio. ¿A alguien se le habría ocurrido proponer a Donald Rumsfeld para la Corte Suprema de los Estados Unidos? Pero no es el halcón de la guerra de Irak sino el de una guerra previa a quien recuerda el candidato de Peña Nieto a la Corte. Como Robert McNamara, el secretario de Defensa de Kennedy en la guerra de Vietnam, Medina Mora brincó de la empresa a la política de seguridad con la suficiencia de quien cree que todo se explica con la lógica de la competencia mercantil. Como aquel, creyó que las razones de los negocios fundaban la razón de Estado. La suya ha sido, pues, la peor escuela posible para edificar un régimen constitucional: la mirada gerencial que adora resultados y desatiende derechos, por una parte y, por la otra, la mirada castrense que alude a la excepción para imponerse. El candidato que propone Peña Nieto es, como los de la ultraderecha norteamericana, un candidato pro vida y pro guerra. Castigar a quien aborta y celebrar la muerte de los malos. Recordemos no solamente su intento de negar derechos a las mujeres sino también su celebración de las muertes como indicio de que su guerra era exitosa.

Si los partidos representados en el Senado creen que la guerra de los últimos años merece un homenaje, deben apoyar, con entusiasmo, la propuesta de Peña Nieto. Y proponer al Comité Noruego que Felipe Calderón reciba el Premio Nobel de la Paz.

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